MONASTIR
 
 
 

Cabeza de puente durante la campaña africana de Julio Cesar, la antigua Ruspina estuvo protegida por una triple murallas de las que todavía quedan algunos vestigios.
La importancia de Monastir crece considerablemente con la edificación por la dinastía Aghlabie de Kairouan, de un Ribat, una especie de monasterio concebido a la vez como un lugar de retiro místico y como una fortificación militar destinada a defender el país contra las invasiones venidas por el mar. Monastir conocería su edad de oro durante el

siglo XI, cuando Kairouan perdió su rango como capital de los Fatimidas a favor de la vecina Mahdia, permaneciendo como ciudad santa a la que acudían gran cantidad de fieles.
En nuestros tiempos, Monastir no conoce más conquistadores que los pacíficos turistas que acuden en busca de una evasión a la vez confortable e insólita, disfrutando de una estancia encantadora.

Monastir viene a constituir un microcosmos de lo que es Túnez hoy en día, un país con una civilización antigua y un modernismo afirmados en una feliz simbiosis y una perfecta armonía.
La ciudad es limpia y aseada. Las palmeras añaden una nota exótica a la inmensa explanada sobre la cual se erigen el Ribat y las mezquitas.

Las exigencias de la vida moderna no excluyen aquí la lealtad al patrimonio ancestral y los habitantes de Monastir ha puesto gran cuidado en la restauración de los monumentos venerables que tanto abundan en esta región.


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